MiráVo

Qué salado ¿no?

7 cosas que odiás al viajar en un ómnibus interdepartamental

Si sos del interior o asiduo viajante al mismo, fija que odiás que te pasen algunas de estas cosas.

1· Al que va parado y te apoya el bulto o el culo

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Te boludeaste en sacar pasaje con tiempo y te comiste un pasillo. Para peor, te vas en hora pico cuando medio pueblo también se quiere volver a Montevideo. Clásico ejemplo: los turnos de los domingo de noche.

Y ahí vas, envidiando al que le tocó ventanilla al lado tuyo, una suerte de lucha de clases en pleno transporte interdepartamental: la clase alta ventanilla sin preocupaciones, vos en la clase media pasillo con una hipoteca y pagando todo en cuotas y la clase baja: de parado en el pasillo.

Pensás para vos mismo que, al menos, tenés asiento y no vas parado bamboleándote mientras te agarrás como sea del porta equipaje que está arriba de los asientos sujeto a los destinos de la energía cinética y de la inercia.

El coche agarra carretera y comienza lo peor: vos sentado esquivando los bultos y los culos de los que van parados ofreciéndote magnas partes íntimas delante de tus narices haciéndote elevar todo pensamiento fascista.

Y si hay una curva pronunciada y al chofer se le cayó un huevo rebajar a tercera, toda ese cuerpo humano llamado pasajero de pie se avecina hacia tu humilde ser que cuestiona a los dioses por qué no sacó pasajes antes y así pertenecer a la clase noble acomodada de la ventanilla o incluso más allá: ser un semidios con auto por la carretera.

2· Al del asiento de adelante

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Estés en ventanilla o pasillo, ambas partes tienen un enemigo en común: el que va sentado adelante.

Canalla del norte de tu horizonte que sólo quiere conquistar tus territorios con esa inafame maquinaria bélica llamada asiento reclinable.

Sin aviso ocurre la invasión: una catapulta de tela blanca con el logo de la empresa se balancea hacia vos dejándote inerte, con las rodillas aplastandote los huevos si sos hombre y planchandote el push-up si sos mujer.

Vienen luego de tediosos minutos acomodando las rodillas bajo el nefasto asiento delantero buscando en las minas de la incomodidad alguna rastro de confort.

Servidores de Satán aquellos que una vez reclinado el asiento, agarran la cabecera del mismo con su invasora mano peluda. ¿Cómo se soluciona esto? Reclinando el asiento propio y cagando al de atrás, claro está.

3· Cuando prenden las luces a mitad de camino

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Uno logra conciliar el sueño en plena ruta con la esperanza naif de llegar descansadito a destino. Patrañas.

En pleno ciclo REM, en pleno sueño y estabilidad del ronquido con un suave film de babeo, te prenden las luces porque se llegó a no se qué mierda de pueblo.

Blanco sol de luces blancas de 12v sobre tu pupilas cual sol de medianoche. La sensación de ser un pollo de granja despertado a las 3 de la mañana para seguir morfando y vos ya con ganas de poner media docenas de huevos.

La corrida de la cortina a ver dónde mierda estamos, una prendida de celular para ver la hora y la cara de orto que le ponés a los que suben al ómnibus para esperar —todavía— que el guarda se digne a cortar boletos.

4· Cuando se rompe el ómnibus

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El ómnibus en la mitad de la ruta y vos pensando que está levantando pasajeros. La cosa demora, vichás por la ventana, te das una vuelta por Facebook con el celular, un par de vidas en el Candy Crush y nada. Ahí parados.

Comienzan los quejidos del motor, el chofer que lo hace rugir a ver si se desatora. Lo prende, lo apaga y nada. Ahí parados.

Escena siguiente, la antesala al infierno: se baja el chofer. Acto seguido: sube el guarda a decir que nos bajemos a esperar que viene otro coche a levantarnos. La tragedia griega se apodera del ómnibus.

Las escenas siguientes no las podemos describir para no dañar la sensibilidad del lector de MiráVo.

5· No conseguir pasaje en el directo

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Te boludeaste y sacaste pasaje sobre el pucho. Ya el coche 1 no admite demorados y caes en las redes eternas del coche 2, 3 o 4.

Para en cada pueblo, en cada paraje, caserío o nido de hornero para propiciar un desfile de pasaje haciendo un viaje de dos horas en tres o cuatro.

Se toma el lujo de parar 15 minutos en alguna capital, momento clave para bajar y fumarse un pucho, comprarse un refresco o mero estiramiento de patas. Pero sabés en lo más profundo de tu ser que esa parada no hace más que demorar tu destino ya casi inalcanzable. Que cada pasajero que suba o baje es otro minuto más en la eternidad de la ruta suavemente ondulada.

Y mientras luego de varias horas llegás a destino, los que vinieron en el coche 1 directo ya llegaron hace rato, días, años, ya tuvieron hijos, nietos y otros se murieron.

Acá se puede aplicar la Teoría de la Relatividad: si dos hermanos gemelos toman dos ómnibus distintos al mismo destino, el hermano que tomó el directo llega más joven que el que toma el de línea. Comprobado.

6· La calefacción

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La fórmula es sencilla. Si es invierno, te levantan la calefacción como para que aparezca Satán en calzoncillos pidiendo que abran alguna ventana. Si es verano, te congelan al punto de que te aparecen un par de white walkers de Game of Thrones.

Y claro, en invierno vas pelando todo cual cebolla y en verano deseando no agarrarte una gripe en pleno enero.

Lo peor es que si vas con calor en pleno pasillo, hacés malabares para que te llegue el aire acondicionado de la salida que está arriba del que va en la ventana y si vas parado ya no sabés cómo desbolarte de manera elegante.

7· Las luces del acompañante

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Siempre se te sube un hijo de puta al lado que en plena noche te prende la luz dejando a las luces largas del ómnibus como unas meras velas. Porque el señor se puso a leer un libro o parece que el botija está repasando apuntes de un examen que tiene al día siguiente.

Vos en el asiento de al lado como el dos de oro deseando tener un antifaz de esos pa’ dormir o, por qué no, una metralleta para matarlo.

No nos olvidemos los que te prenden el celular con la máxima potencia de la pantalla y te arma un resplandor que quedás más encandilado que liebre en semana de turismo.

Y además, que nunca falte para tu odio:

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✔ Cuando suben escolares en el turno de las 12:00 o el de las 17:00 llenándote todo el ómnibus de palomitas blancas a los gritos y algún infanto que se te siente en el asiento de al lado y se te pone a mirarte fijo.

✔ El terraja que pone música con el altavoz del celular. ¿En serio? ¿En un interdepartamental? ¿Te parece, hermano?

✔ Llorar de felicidad al ver el cartel de Bienvenidos a Montevideo y después quedar en posición fetal luego de dos horas de estar trancado en los accesos.

✔ El que come al lado tuyo. Una sinfonía de ruidos de masticadas, servilletas, bolsas de nylon, tragadas, eructos disimulados y una baranda a comida que si te lavaste el pelo, olvidate del aroma a Pantene. Odio visceral: los que te suben con un combo de McDonald’s dejándote el bondi con olor a fritanga y peor aún, con ganas de comerte un cuarto de libra.

✔ El que no apaga el sonido de las notificaciones de celular. ¿Matarte no probaste?

✔ Un clásico: el que ronca. Igual, no nos hagamos los santos: todos roncamos. Todos somos ese ser odioso con un serrucho como canto.

✔ El hijo de puta de adelante o de atrás que te roba la cortina y a vos te llega un sol que no te lo tapa ni un factor 517.

✔ Cuando te afanan el posabrazo.

✔ Cuando te toca un bebé llorando. Sabemos que la madre hace lo que puede pero bueno, a veces uno liga mal.

✔ Que el acompañante se te ponga a hablar.

✔ Y que nunca falte el montevideano que no tiene paciencia en los interdepartamentales: se para, se mueve, se da vuelta, va al baño cada dos kilómetros, se pone a cogotear por la ventana cada vez que el ómnibus para, suspira, bosteza y en su interior se pregunta si falta mucho. Típico del que sólo toma bondis para irse a Rocha en enero.

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